Destierro y atardecer de Elvio Romero
Elvio Romero es, sin duda alguna, el poeta vivo más representativo del Paraguay. Su yo poético se revela en el fino tratamiento de la palabra, pero de una palabra preñada de unívoco sentido solidario, de dolor existencial por la pérdida de la patria, de amor a todo aquello que revela la belleza de la creación. Es, pues, Elvio Romero el poeta de quien Neruda dijo el día que conmemoró sus cincuenta años de vida: “celebré mi cumpleaños con escritores importantes de todo el mundo como (...) Elvio Romero (entre otros.- RFB)”. Y, también, es el hombre que inspiró a Rafael Alberti el romance Elvio Romero / poeta paraguayo: “¡Oh adolescencia, aurora/ apenas reluciente/ y abierta ya en la frente/ la estrella anunciadora(...)Casi recién nacida,/ lumbre madura y fuerte,/ sabes más de la muerte/ quizás que de la vida. (...)Y tu nombre aromado/ huele más que a romero,/ a pólvora, a reguero/ de cuerpo ensangrentado(...)”.
En la antología Poeti ispanoamericani contemporanei, obra de Marcelo Ravoni y Antonio Porta (Editorial Feltrinelli, Milano, 1976), el nombre y apellido de Elvio Romero aparece como solitario representante del Paraguay y voz adulta de esta América Austral, dolorosamente desmembrada por quienes despreciaron secularmente su historia de unidad. En el poema Hombre del sur, Elvio, escribe:
“El cuenco de la mano; está la suerte
echada allí, como al azar, y augura
en sus líneas ventura o desventura
como en un pergamino antiguo, inerte,
en cuya misteriosa nervadura
está la noche que preserva, oscura,
las claves de la vida y de la muerte.
¡Las claves! Son las mías
las que leo en la mano, en estas claves
de hombre del Sur, en la primera
ráfaga de la luz que hirió mi mano
¿Lo primero? Que yo he nacido al Sur
del color vegetal, donde se pule
el pico de la luz, por allí leo
que el Sur selló mis claves, que soy hombre
del Sur donde la luz picó su mano(...)”.
Y, es que Elvio Romero nació en 1926 en el distrito de Yegros perteneciente al departamento de Caazapa, ubicado a doscientos kilómetros al sur de Asunción. Esta localidad, atravesada por la cordillera de Caaguarú, fue fundada como centro poblado por las misiones jesuitas en 1607, y desde aquel momento quedó incorporada a los Reinos y provincias del Perú hasta 1777 al fundarse el Virreinato del Río de la Plata, situación ésta que duró hasta 1811 al proclamarse la separación del Paraguay del dominio argentino luego de las victoriosas guerras de independencia del Río de la Plata del dominio hispánico hacia 1810.
El Paraguay, pues, no participó en el movimiento cultural rioplatense. Las causas de su aislamiento estuvieron condicionadas, sin duda, por su geografía y por sus vicisitudes políticas, derivadas de la opresión y dominio del espectro político y económico de una oligarquía terrateniente, que - como todas las oligarquías latinoamericanas - manifestó su desprecio a los ideales de libertad, democracia y progreso social. En 1947 el general Higinio Morinigo, quien ocupaba el cargo de presidente de la república desde 1940, “descubrió” un “complot anarquista - comunista” y las fuerzas armadas le “extendieron” un “mandato” por cuatro años más. En esta circunstancia, Elvio Romero, muy joven, se vio obligado a partir al exilio, radicándose en Buenos Aires gracias a la solidaridad recibida por el pueblo y gobierno argentino. Y, 1953 el Paraguay, que desde 1948 había conocido una episódica abertura democrática, vio jurar como presidente de la república a Federico Chávez. Y el 5 de mayo de 1954 se produjo una rebelión militar que derrocó al presidente democráticamente electo y proclamó el estado sitio en todo el país, y tres días después se hizo del poder el general Alfredo Strosner, quien lo detentó por cerca de cuarenta años. En todo este tiempo, el país supo en carne propia el significado de la represión, la violación de los derechos humanos, donde los opositores fueron muertos, o encarcelados, o en el mejor de los casos conocieron la deportación o el exilio. Elvio Romero, pues, perteneció a ese puñado de hombres que decidieron enfrentar la dictadura desde una posición democrática y socialista. Por ello conoció persecución, y en el propósito de salvarle la vida, se organizó en el ámbito mundial un movimiento de solidaridad con el pueblo paraguayo, y en estas circunstancias Elvio permaneció en el exilio en su Buenos Aires querido. Su largar estancia no fue un lecho de rosas, no obstante las innumerables muestras de afecto que recibió. En el poema Extranjero, perteneciente al poemario Destierro y atardecer, Elvio escribió:
“Viajero: te lo han dicho;
ya lo has oído, pobre de ti “/extranjero!”.
Ya no mereces reposar
- como tanto querías - por fin bajo los olmos.
Y te lo ha dicho un niño, deseando
saber qué aires silabeas; te lo ha dicho mirando
tu mirada; te lo ha dicho sintiendo
en su inocencia toda su inocencia.
Esta tierra no es tuya
- debes saberlo siempre -, ni siquiera tu sombra
te conoce esta tarde; recoge nuevamente
tus pobres cosas; pudiera conocerte
piadosamente un día la piedra en que descanses.
Viajero:!te lo han dicho!
Escúchalo y no tiembles. Quizá haya sido justo
morir antes de oírlo; quizá ya ese “extranjero”
te induzca a retornar, a no ser huésped
de tu propia penumbra destrozada.
Y te lo ha dicho un niño, pobre de ti,
Viajero.
Ya no mereces reposar
Este poema de Elvio Romero, nos hace recordar las vicisitudes de uno de los más grandes poetas de todos los tiempos como es Dante Aligheri, quien en su destierro a perpetuidad de Florencia, escribió en Ravena, “como sabe a sal el pan ajeno y que duro es subir y bajar por otros caminos”. La amargura del destierro, el dolor de sentirse extrañado por la injusticia, el deseo de vivir en paz con los suyos, fueron modelando su poesía, y los libros salidos de su talante artístico y humanístico dibujaron no sólo los sentimientos de un hombre “prohibido” de vivir en su patria, sino del habitante de un continente como América Latina, que desde hace mucho tiempo vive más de “cien años de soledades”.
En 1948 Elvio Romero sacó a la luz su primer libro de poemas, Días roturados. Posteriormente, aparecerían Rosales áridos (1950), Esta guitarra dura (1961), Despiertan las fogatas (1953), El sol bajo las raíces (1956), De cara al corazón (1961), Libro de migraciones (1966) Un relámpago herido (1967), Los innombrables (1970), Los valles imaginarios (1984), Poesías completas (en dos volúmenes, 1990). Además, su obra ha sido traducida a doce idiomas. Y, en 1991, con los refrescantes vientos sin fronda de la abertura democracia que vivía el Paraguay - y esperamos que sigan soplando - se le concedió en mérito a su fecunda obra el Premio Nacional de Literatura, creado a iniciativa del Parlamento paraguayo al ser restituida la democracia representativa.
La poesía de Elvio Romero expresa los sentimientos y pensamientos de un hombre que inicia su itinerario artístico en una época jalonada por el conflicto entre un modernismo decadente y los ecos de las vanguardias que, con todas sus limitaciones y posibilidades, resonaban en un área geográfica y culturalmente marginada como la paraguaya. De ahí que su obra aparezca como resultado de aquel repertorio metafórico preciosista y el andamiaje formal de quienes postulaban la renovación del lenguaje poético. Este factor juega un papel muy importante para entender no sólo la poética de Elvio Romero, sino la vasta experiencia estética de la llamada generación del 50.
El poetizar del Elvio, descubre el acto casi místico de contemplación del paisaje, la exaltación épica de quienes hacen la historia de todos los días, pero también descubre sus momentos íntimos, personales, como son las esferas del amor y el erotismo. Se trata, pues, de una poética marcadamente amplia y profunda. Y es que “nada de lo humano le es ajeno” - como diría Mariátegui -. Y, esta es, en definitiva la característica central de un poeta como Elvio Romero, adscrito moralmente al humanismo, y a la ética de la solidaridad militante. Ello, sin embrago, de ninguna manera nos puede hacer suponer que nuestro poeta se encontrara vinculada a las simples tesis que concebían el arte a manera de “copia fiel de la realidad” o la del “arte por el arte”. La concepción de Elvio se acerca más a la poética - plástica de Pablo Picasso, quien afrimaba: “yo no pinto al mundo como lo veo, sino como lo pienso”. Y, en efecto, Elvio, escibre:
“Hay caminos que suben
o que bajan, según disponga el viento,
según el caminante mire el bosque o la sierra
según el tiempo cambie los ojos del viajero.
Hay caminos que cambian
de colores, se asombran o enrojecen
según les cubra el ala del verano,
según la luna embruje sus vertientes(...)
(Caminos, en Un relámpago herido)
Esta visión del arte le permitió desarrollar una experiencia poética lo suficientemente artística como para sentir, pensar y expresar el mundo en sus múltiples facetas. Así, v.g., al tratar el tema de su identidad paraguaya, en tono exultante, canta:
“(...)Y solo el paraguayo,
Con un par de guitarras sobre el hombro
- sacudiéndose el polvo de todos los desvelos -,
camina oliendo a tierra,
a selva todavía;
en una pulsará su tristeza profunda,
en otra, su rebeldía antigua como la tierra(...)”
(El corazón esperanzado. En: Días Roturados)
Con relación a las convicciones morales de un escritor que se enfrenta a la dictadura y a al sistema de opresión del hombre por otro hombre, Romero, tensa el alma y sentencia:
“(...)Escribir para los de abajo,
para los pobres de la tierra,
es hacer que la lluvia caiga
en calcinadas sementeras,
como aromar una vasija
resquebrajada por la seca,
prender a un árbol antiguo
nuevos ramajes con que crezca,
a las corolas que se mustian
olor que las torne enhiestas;
abrir el cause a una surgente
en un lugar lleno de piedras(...)”.
( Escribir para los de abajo. En:
Los innombrables)
No obstante el marcado tono contestatario de su poesía, Elvio se muestra tierno ante el paisaje y da rienda suelta al corazón sin que ello signifique ignorar las aguas vivas de su opción de luchador social, y escribe:
“El mes ferviente ha vuelto.
Sueltan las cordilleras
su sequía de trinos; la férvida madera
se tuesta en la alzaprima; curso de agua trigueña
se calienta en tus ojos
y tu cintura enciende su cántaro quemado.
Plumaje de palmeras
de temblor, el verano.
¿Cómo impedir entonces la cegante
quema de las colinas,
la refracción del sol sobre las plantaciones,
la sed de los animales,
la bandera amarilla de las mazorcas vírgenes?
¿Qué valle, qué país acogería
este deseo entonces - laxitud caldeada -
sinó tú, cuerpo de abrasadora fiebre,
este afán de cumplir con el amor, de hacer un himno
a la enervante luz del mediodía?
Plumaje de palmeras
El mes ferviente, el tiempo del violento verano”
(Verano. En: Destierro y atardecer)
Pero, este tono delicado se vuelve violento, la palabra se despoja de su dimensión tersa y serena, para adoptar una expresividad tímbrica propia de la violencia espiritual que le ocasiona la represión y la injusticia:
“(...) Dictador:
no hay bayoneta
que no pueda amojonar tu triste sombra.
De nada sirve ahora,
no servirá de nada que por cuatro monedas
vendas el patrimonio, el pan, la patria, lo que el pueblo
custodia por razón de pertenencia,
que te defiendan perros carceleros,
cerrojos y piquetas,
de nada ya esas sordas alambradas,
de nada esa abyección de charreteras(...)”
(¡Cuidado, Dictador! En: Esta guitarra dura)
Esta violencia espiritual contra el opresor de la libertad, cambia al situarse frente al hombre sencillo, el humilde artesano, quien con su instrumento de trabajo como son sus propias manos es capaz de trasformar la paja en un objeto de notable significación para quien labra la tierra. Por ello, su voz se torna serena, tierna, y escribe:
“El viejo tejedor de mimbres
era venido de otros tiempos,
y taciturno y pensativo
como buen hombre de los cerros
que añoraba por la llanura
lo que arriba tenía aliento,
imaginaba maravillas
como adiestrado imaginero.
(...)
Cuando se acomodó hacia abajo
como atravesando un espejo,
todo se conmovió a su paso
recogido como un cesto,
fueron raíces sus manos quietas,
un mimbredal el cielo abierto
¡aunque seguía imaginando
maravillas de imaginero!
(El tejedor de mimbres. En: Los innombrables)
Como todo ser que vive habitando un planeta como la tierra, Elvio manifiesta las posesiones de un hombre que ama desde el fondo de las honduras, y presenta un conjunto de escenas propias de su travesía pasional. Así, construye un léxico de manufactura expresionista en el propósito de realzar con tonalidades delicadas pero firmes la experiencia vívida del ser amado:
“Te escribiré, mi amor, desde un sonido
de tierra apretujada,
desde un hondón, de pie, desde un frondoso
confín de llamaradas,
desde donde sus pétalos la Rosa
de los Vientos deslava;
de allá te escribiré, a la luz profunda
de una estrella lejana,
desde donde me encuentre y no me encuentres
buscándome en el mapa,
te escribiré de asuntos de entereza
al punto fijo en que despunta el alba.
Desde el clamor del mar o de la tierra
te escribiré esta carta.
Desde el instante en que te supe hermosa
te escribiré esta carta.
(Carta. En: Los innombrables)
Esta dimensión del amor que Elvio nos ofrece, adquiere un lenguaje desbordado de pasión, no obstante los esfuerzos técnicos poéticos que realiza con la intención de presentar una imagen sublimada de lo erótico. Su acento, en este sentido, es ofrecernos una mirada en el impulso vital antes que en el detalle, registrando, así, escenas iluminadas por la inocencia y el deslumbramiento:
“Mirarte es ver colinas,
mirarte así tendida, detenida y desnuda,
situando planicies de arena en las axilas,
desnuda y dividiendo la blancura caliente de las sábanas,
mirarte es ver que oscuros orígenes te pueblan,
que el aire te enajena por urnas inasibles,
si te miro desnuda...
(...)
Mirarte es ver colinas,
lluvias que se diluyen respirando en tus pechos,
es embestir un campo de tierras onduladas,
es llegar al origen de la sangre,
es imantarse al golpe
que oscuramente sube de tu boca y tus trenzas,
y es imposible entonces no acosarte y vencerte
con sedientas hogueras.
Si te miro desnuda.
(Fuego primario. En: De cara al corazón)
Este poetizar de Elvio Romero, que le hizo decir a Miguel Angel Asturias “poesía invadida por la vida, por el juego y el fuego de la vida”, presenta la caminata de un hombre por los diferentes lugares del exilio. Desde este lugar, ha escrito una obra que lo vincula formalmente a los clásicos de la poesía escrita en castellano, a la vez que expresa el marco dramáticamente conflictivo de una sociedad como la paraguaya - y por extensión la latinoamericana -.
Toda la obra de Elvio Romero es una inmensa travesía por los sentimientos estimativos del ser humano a partir de una suerte de juego de antinomias: justicia - injusticia, natural - artificial, amor - odio, amistad - enemistad, social - individual, demócrata - autócrata, erotismo - frialdad, etc. Este actuar de su sentimiento estimativo se desarrolla en la búsqueda de una síntesis conceptual suficientemente capaz de transmitir la esencia misma de la comunicación extralógica o sensorial: el verbo que se encarna de poesía en el propósito de evidenciar la condición humana de un hombre que sólo busca el deseo de expresarse. En este empeño, Elvio se vincula a la concepción de Della Volpe para quien el lenguaje artístico es el resultado de la idea - concepto - pensamiento - forma. Y, presenta un contenido poético integral acorde a la naturaleza humana, de un lado, y un lenguaje poético exquisitamente polisémico, de otro lado. No obstante los notables merecimientos de esta obra, los lectores hispanoamericanos la desconoceríamos en gran medida de no haber sido mostrada por esa extraordinaria empresa editorial que fundara en Buenos Aires Gonzalo de Losada, es decir, la Editorial Losada en sus colecciones “biblioteca clásica y contemporánea” y “poetas de ayer y hoy”. La obra poética de Elvio Romero, fue mostrada, pues, en ambas colecciones por esta editorial que, desgraciadamente, cerró sus oficinas y librerías víctima de la política neo liberal que asola la Argentina desde inicios de la presente década.
Han transcurrido 50 años desde la aparición de su primer libro - el mismo que le hiciera decir a Gabriela Mistral: “pocas veces he sentido la tierra como acostada sobre un libro” - y casi un tiempo semejante desde que abandonó su amado Paraguay en camino al exilio. En todo este tiempo, Elvio construyó un camino poético para la literatura de su país, y una ruta democrática para una sociedad que sólo había conocido la dictadura. A mediados de los años 70 Elvio escribió:
“ES HORA DE VOLVER. LARGA Y PENOSA
jornada se ha cumplido. Fuimos hechos
de un ancho caminar. La casa espera, ¡pobre casa!
Habrá que estar atentos
al regresar. ¡Pensar que ha sido un sueño
la ilusión de estos años! Vamos yendo
allá, de todos modos. Probablemente nada
haya pasado. Apenas un vacío, ni eso, nada.
Y haya seguido igual la casa. Iguales
todos en esa casa, todos
iguales en la casa, en donde nada
haya pasado, y a la que es hora de volver
andando”.
(Andando. En: Destierro y atardecer)
Y, Elvio Romero retornó al Paraguay a los pocos días de la caída del dictador Strosner - hoy exiliado en el Brasil - y al poco tiempo por unanimidad el jurado nombrado por el gobierno le confirió el Premio Nacional de Literatura.
Elvio Romero visitó muchas veces el Perú. Se le recuerda en los recitales que ofreció en diferentes momentos de sus, también, diversas estancias limeñas en la Facultad de Letras de San Marcos, en el Instituto Nacional de Cultura, o en Instituto Raúl Porras Barrenechea, compartiendo la mesa con nuestro notable poeta Alejandro Romualdo. En todas estas circunstancias se mostró como un hombre sencillo, amable, en camino a conquistar la reflexión más exquisita. Y, también lo recuerdo en mi casa, compartiendo lectura de poemas y aguas espirituosas con el inolvidable Juan Gonzalo Rose. En todas estas ocasiones Elvio mostró su bondad, y entregó su amistad. Por ello, al saber que hoy vive en su entrañable Paraguay, que su obra poética completa ha sido editada en su país y que detenta el Premio Nacional de Literatura, pensamos que el tiempo no se ha evaporado en vano, que los ríos no regaron tierras ociosas, ni las hogueras se consumieron por gozo. Porque, precisamente, Elvio ha demostrado el poder de la poesía, es decir, su fecundidad, su capacidad de sobreponerse a los imperativos ideológicos, a las malas artes de los censores y, sobre todo, ha mostrado la fortaleza de la palabra bellamente tratada y su capacidad de doblegar el ceño de los portadores de las muertes. Y, por ello, estoy seguro que Elvio Romero sigue trabajando en la alta misión que le ha encomendado la vida: extender su oficio de poeta y madurar la profesión de poesía.
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