Mi Capital

viernes, marzo 13, 2009

Neruda y el Perú.

El notable poeta chileno Pablo Neruda -Premio Nobel de Literatura, 1971- manifestó en reiterdas oportunidades su profundo cariño y respeto por el Perú. En el célebre Canto General, una de las grandes aventuras de poesía épica escritas en castellano del siglo XX, aparecen un sinnúmero de referencias sobre distintas etapas de la prolongada historia peruana, donde destaca el poema dedicado a Túpac Amaru II, Rey del Perú. En Odas elementales y Nuevas Odas elementales, también aparecen poemas dedicados al Perú y a peruanos ilustres como César Vallejo, José Carlos Mariátegui, etc. Pero, el poema dedicado al Perú que más renombre adquirió fue Alturas de Machu Picchu, que por la vibrante reiteración tímbrica, la tensión verbal y el desborde metafórico, es reconocido como una de los poemas más intensos de nuestro idioma. Y, es que Neruda en vida sintió al Perú como su patria. En el libro Para nacer he nacido, aparece el artículo titulado América no apagues tus lámparas, donde expresa conceptos sesudos sobre el significado histórico del Perú en el concierto de las naciones americanas. Así, dice "para mi el Perú fue la matriz de América", es decir, el útero donde se formó y alimentó el nuevo ser del hombre americano. Luego, añade, "fueron los conquistadores incaicos quienes trajeron a las tierras enronquecidas de arauco la liturgia del textil y del vestido", refiriéndose a Túpac Inca Yupanqui, quien llegó en misión civilizadora a Chile - prohibio la práctica antropofácica a los araucanos, les enseñó a vestirse, a utilizar al fuego para evitar que se coman cruda la carne, etc. "No sé hasta que punto las aguas esenciales del Perú inundaban el despertar de mi patria sumergiéndola en una madurez telúrica de la cual es simple expresión mi poesía", anotaba y agregaba "en ningún país de América rebosa la espuma encantada del oro y del maíz", "el Perú primitivo y dieciochesco pertenece a toda América" y en tono exclamativo hacia el llamado "peruanos, si por los avatares de la historia América estuviera amenazada en existencia, en ustedes hermanos peruanos está las responsabilidad de mantener aquello que se nos quiere quitar, el alma".
Neruda murió de cáncer, se ha dicho, a los pocos días del golpe de estado de Pinochet. Creo que murió de fascismo, al ver muerto a Allende y asesinados a miles de trabajadores. Aquí, en Lima, algunos cientos de chilenos vinieron en busca de asilo, y lo encontraron. Las habitaciones del Perú se abrieron de par en par para dar acogida a quienes eran perseguidos. El Perú, en la hora más negra de la historia chilena, supo estar a la altura de los sentimientos de Pablo Neruda, que no podían ser otros que la solidaridad frente al sufriente y fraternidad con quien perdía a su patria

lunes, marzo 09, 2009

Poetas y Poetisas

Poetas y Poetisas
por Ricardo Falla Barreda
En los últimos años en el Perú los movimientos feministas han promovido la idea que sus tentativo poeta se aplica por igual al hombre y la mujer, es decir, se trata de un término neutro. Por los visto, y por decir por decir lo menos, es, pues, una postura errónea. La palabra poeta no es castellana, sino latina, y tanto como sustantivo o adjetivo, se utiliza exclusivamente para el género masculino. Poeta es el denominativo del hombre que escribe poemas. Y, en el castellano poeta posee la misma significación que en el latín; sin embargo tanto en el latín como en el castellano poeta tiene como género femenino el denominativo poetisa que se aplica alas mujeres que escriben poemas.
Las poetisas en el Perú, al empuje de las ONG feministas, no quieren que se les denomine con este término porque consideran que las rebaja de categoría. Con esta lógica cómo les gustaría que las denominen ¿la mujer o la hombre? Ahora bien, su les agrada el término mujer deberán aceptar la palabra poetisa; pero, si le gusta la hombre recién las llamaremos poeta.
Curiosidades de cómo se deforma el idioma castellano en el Perú

jueves, marzo 05, 2009

A mi manera

A mi manera
por Ricardo Falla Barreda

Muchos en el mundo entero consideran que la cancion A mi manera interpretada por Frank Sinatra, fue escrita y musicalizada por un norteamericano. La verdad es totalmente distinta a lo que se piensa. El título original de tan bella canción es Comme d'habitude y pertenece al notable compositor francés Gilles Thibault, siendo interpretada por primera vez por el estupendo cantante también francés Claude François en 1967. Fue el cantante canadiense Paul Anka quien la tradujo al inglés bajo el título My Way, y Elvis Presley la cantó un año antes de suicidarse. Pavarotti, Carreras, Domingo interpretaron la versión inglesa de la canción. Y en castellano, son muchos los cantantes que al entonarla, dicen: a mi manera, y luego añade "may way", es decir, la cantan "a su manera". Como resulta obvio suponer, quienes entonaron tan bella canción obtuvieron grandes réditos económicos; sin mebargo, Gilles Thibault murió en la pobreza y, lo que es peor, silenciado hasta el escarnio. Ya es momento de abandonar la mezquindad, el robo de los derechos de autor, además, quien la cante debe informarse con la finalidad de no mostrar impudicamente su ignorancia supina. Antes de cantar A mi manera, reconocida como una de las más bellas canciones del siglo veinte y del actual, también debe decirse Comme d' habitude, y mencionarse el nombre de Gilles Thibault. Recomendamos escuchar las versiones de Claude François y Elvis Presley.

viernes, enero 04, 2008

LA IZQUIERDA EN LA TEORÍA DE LA IZQUIERDA

Mg. Ricardo Falla Barreda



Corrían los días del preámbulo de la revolución francesa, cuando los miembros de la Asamblea constituida por dos grupos políticos claramente diferenciados: los girondinos, defensores de la monarquía, y los jacobinos, defensores de la república, decidieron ubicarse cara al presidente a la derecha los primeros (girondinos) y a la izquierda los segundos (jacobinos). Esta ubicación, más el surgimiento del movimiento socialista en Francia como en el resto de Europa en los primeros lustros del XIX, permitió el surgimiento de dos tendencias históricamente determinadas en razón a las reivindicaciones sociales de los trabajadores del campo y la ciudad así como de los marginados y excluidos en su totalidad: la derecha, defensora de los intereses del capital, y la izquierda identificada con las reivindicaciones del trabajo.



La fundación en el siglo XIX de los partidos socialistas y comunistas en Europa trajo consigo el diseño de un nuevo escenario para los intelectuales, en particular para los escritores y artistas. Este escenario significaba observar activamente la realidad social y cultural como una recurrencia capaz de formar una imagen artística lo suficientemente significativa de valores estéticos.



Mientras en Europa el agudo conflicto irresuelto entre el capital y el trabajo, entre la opulencia de pocos y la pobreza de muchos, determinaba la conducta de los sujetos sociales, por tanto su ubicación en la derecha (el capital) y la izquierda (el trabajo), en América se presentaban racionalizaciones practico morales sobre la situación de los dominados: los indios, los afro - americanos esclavizados, los mestizos y criollos empobrecidos, etc. Es así que América, que por su proceso histórico respondía a mutaciones políticas derivadas de las luchas independentistas de naturaleza anticolonial, pronto se vio sumergida en conceptos ideo – políticos provenientes de Europa, pero con una esfera de valor lo suficientemente autónoma capaz de generar un marco de pensamiento de enorme pretensión de validez. Es decir, la pretensión de validez adquirió naturaleza estructural en América Latina a través del modernismo nutrido de reflexiones sobre el encuentro político, social y cultural entre dos fenómenos históricos claramente diferenciados: la pretensión dominante de los europeos y la actitud diferenciadora de los latinoamericanos. Pero, en este lapso – a inicios de la década del diez del siglo XX - tendría lugar la revolución mexicana llamada a jugar un papel de enorme trascendencia tanto en los sucesos políticos como en los de naturaleza artística y literaria de América Latina.



En el siglo XX, en particular en el Perú, surgió a fines de la década del diez una tendencia de renovación de la actividad literaria como fue el movimiento Colónida impulsado por Abraham Valdelomar, luego se publicaría el poemario Panoplia lírica de Alberto Hidalgo, Los polirítmos de Juan Parra del Riego, y a inicios de los años veinte saldría a la luz pública acaso el más importante texto vanguardista como fue Trilce (1922) de César Vallejo.



Y en el campo ideo político, en el segundo lustro de los años veinte, se publicarían las más influyentes reflexiones sobre el acontecer latinoamericano como fueron La escena contemporánea (1925), los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928) ambos de José Carlos Mariátegui, y Por la emancipación de América Latina (1927) de Víctor Raúl Haya de la Torre. Estas reflexiones tendrían como rasgo común el considerar la situación latinoamericana como un espacio de dominación imperial de parte de los Estados Unidos y, por tanto, se planteaba la organización política que permitiera confrontar a la hegemonía del gran capital y sus aliados para estos fines: las oligarquías de perfil semi - feudal. En 1928 Mariátegui fundaría el Partido Socialista de inspiración marxista y Haya de la Torre haría lo mismo al constituir el Partido Nacionalista Liberador. No es la caso analizar la polémica que sostuvieron Mariátegui y Haya, ni menos abrir proceso sobre la representatividad de ambas organizaciones en la institucionalidad política y social del Perú, tan sólo situamos las orientaciones que permitieron definir el campo de acción de la izquierda dentro de los presupuestos filosóficos concurrentes a la organización de los explotados y marginados en su lucha por una vida acorde a la dignidad humana. Este planteamiento fue, pues, el marxismo con su representación política, el comunismo.



Así, desde esta consideración general veamos la caracterización de la izquierda desde el comportamiento creativo




1. Primera parte: “El arte y la revolución”.
Resulta verdad hipostática el considerar el papel jugado a nivel mundial por el triunfo de la revolución bolchevique de 1917 en la formulación de la teoría y práctica política, así como el de la construcción de una argumentación ética lo suficientemente consistente como para generar la conciencia estética capaz de dotar a la obra de arte de valores de belleza de pretensión universal. Por ello, la conducta de los escritores y artistas latinoamericanos, en líneas generales, se inscribió en vincular su vida y obra al proceso de cambio del capitalismo hacia el socialismo. Tal es el caso de los poetas César Vallejo, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, entre otros muchos. Veamos el caso de los tres poetas mencionados en calidad de exponentes de la izquierda vinculada a la causa de los obreros y campesinos.



Vallejo, Neruda y Guillén – al igual que otros escritores y artistas en diversos lugares del mundo – tuvieron militancia política en el partido comunista; los tres escribieron poemarios de agudo pensamiento artístico sobre la naturaleza de la pobreza; asimismo, desde una ruptura radical con la estética decimonónica construyeron una poética fundada en el lenguaje de la cotidianidad, donde la palabra se muestra dócil ante los requerimientos del poeta que apunta, en el nivel consciente, a crear un estado de identidad con la causa de los trabajadores y de quienes padecen la miseria.



Estos poetas, pues, ubicados en el camino de la izquierda imaginaron a un ser humano dominado por la ética de la solidaridad y una praxis en la instancia de la fraternidad. Esta condición humana lo conduciría a sustituir la propiedad privada por una de naturaleza colectiva, donde el acceso a los bienes tendría lugar de acuerdo a las capacidades y necesidades del sujeto, con la finalidad de cancelar la lucha de clases y toda forma de violación de la dignidad humana. Así, eliminadas las causas de la infelicidad, el ser humano experimentaría una suerte de purga de la falsa conciencia, por tanto estaría en condiciones de eliminar las fronteras nacionales que separan a los pueblos, suprimiría el dinero, cultivaría el valor de la justicia en niveles nunca soñados, imponiéndose en todos los lugares del mundo la conciencia de la paz. Desde estos presupuestos, el ser humano se dedicaría por entero a celebrar la liturgia de la filosofía, la ciencia, el arte, la cultura en suma, con la finalidad de erigir una nueva civilización afincada en el ágape del amor.



Esta imaginación sobre el nuevo mundo – que los griegos llamaron Arcadia, en el Apocalipsis se denomina la Nueva Jerusalén, Santo Tomás Moro la nombró Utopía, y Marx definió este anhelo como sociedad comunista - a diferencia de los griegos, cristianos y utópicos, se presentaba como una posibilidad real a partir del triunfo de la revolución socialista, conducida por el proletariado en alianza con el campesinado bajo la conducción política del partido comunista. Por ello, en diversos lugares del mundo se veía a escritores y artistas ingresar a la militancia comunista, con la finalidad de prestar su concurso para el logro de tan caro anhelo.
En 1938 murió César Vallejo; en 1973 aconteció lo mismo con Pablo Neruda; y en 1989, Nicolás Guillén. Y, en 1991 dejó de existir la Unión Soviética y todo el sistema creado por ellos en Europa central y oriental, víctima de las contradicciones internas. Pero este acontecimiento histórico, significó, también, el surgimiento de la frustración, el fracaso de los propósitos, el despliegue del nihilismo, el retroceso de las ideas de progreso y el mantenimiento de la falsa conciencia como norma de las relaciones humanas en el más amplio y profundo sentido del concepto.

En 1938 murió César Vallejo; en 1973 aconteció lo mismo con Pablo Neruda; y en 1989, Nicolás Guillén. Y, en 1991 dejó de existir la Unión Soviética y todo el sistema creado por ellos en Europa central y oriental, víctima de las contradicciones internas. Pero este acontecimiento histórico, significó, también, el surgimiento de la frustración, el fracaso de los propósitos, el despliegue del nihilismo, el retroceso de las ideas de progreso y el mantenimiento de la falsa conciencia como norma de las relaciones humanas en el más amplio y profundo sentido del concepto.

2. ¿Es posible hablar de nueva izquierda en la América Latina de hoy?
La proclamación de la victoria del capital sobre el trabajo, ha traído consigo la imposición del concepto “rentabilidad” sobre el de “solidaridad”. Se trata, pues, del capitalismo en su fase neo – liberal impulsado por la transnacionalización de la economía que, asimismo, impone la transnacionalización de la cultura. Esta situación ha creado todo un aparato psíquico lo suficientemente poderoso encargado en modelar la conciencia estética de los pueblos latinoamericanos de acuerdo al paradigma diseñado por quienes interpretan falsamente al mundo. Así, la obra de arte (lo escrito o lo
Así, la obra de arte (lo escrito o lo plástico) se reduce exclusivamente al plano formal, a la cosa en sí, negándose de un plumazo toda una tradición intelectual - tanto en la esfera de la filosofía como de la estética - que reconoce el presupuesto inaugurado por los griegos – que la cultura criolla latinoamericana reconoció como propia, tal es el caso de José Carlos Mariátegui -, que toda obra de arte responde a un complejo entramado socio – cultural y, en consecuencia, se encuentra inmersa en el conflicto de la historia.
Pero, esta situación, y en el plano de la acción práctica, ha significado, también, el desarrollo de un conjunto de medidas orientadas a especular sobre una verdad sin creencias, tal es el caso a lo expuesto por un periodista: “hay que dar lo que le gusta a la gente”. De esta manera, el producto estético – desprovisto de valores culturales – ingresa a la tradición del mercado para ser consumido por una población que se debate dramáticamente viviendo la enfermedad del analfabetismo funcional.

3. Repensar la acción de la izquierda.
La inexistencia de realidades políticas inspiradas en los valores del socialismo a consecuencia del derrumbamiento del muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, de ninguna manera significa – en nuestra opinión – que las condiciones que dieron lugar a las revoluciones sociales hayan concluido. Todo lo contrario. Hoy asistimos a una situación peor a la que vivieron los mártires de Chicago de 1886, o las hambrientas masas de campesinos europeos, chinos o latinoamericanos de fines del XIX. Se trata de la destrucción del medio ambiente que está condenando a todos los habitantes del planeta a la extinción. El irreversible cambio climático que estamos experimentando a consecuencia de los humos generados por la gran industria, ha sentenciado, en el caso peruano, la desaparición de la cordillera blanca; o, en otros casos al deshielo paulatino de la zona ártica, o la destrucción de la capa de ozono en la antártica, por citar algunos ejemplos. También se observa el uso de la guerra abierta o encubierta para dar validez a las pretensiones de apropiación de los recursos naturales en diversos lugares del mundo; lo mismo se puede decir respecto a la pobreza: más de1 500 millones de personas han quedado excluidas del progreso y bienestar, en otras palabras a la muerte por hambre. A ello, se suma la extensión a nivel planetario del analfabetismo funcional, donde la reflexión, el análisis sobre tal o cual situación es inexistente; ¿qué decir sobre la imposición de la cultura del hedonismo y sus derivados, por sobre toda forma de sentido humano de la vida? ¿qué decir sobre quienes relativizan los principios del tener vida en abundancia para dar validez a la falsa conciencia sobre sus actos?
El arte y la poesía tienen mucho que decir sobre la figura del ser humano que busca transparentar su conciencia en torno a la vida sobre el planeta, especialmente sobre el sentido y posibilidad de existencia humana en una realidad natural y cultural amenazada por la destrucción que la idolatría al dinero impone. En tal sentido, urge retomar el sentido crítico a la institucionalidad neoliberal en todas sus formas, lo mismo que al culto a toda configuración individualista y el sinónimo egoísta que entraña; hablarle al oyente sobre la monstruosidad que implica el uso de la guerra para satisfacer la rentabilidad de las empresas; construir referencias sobre la naturaleza de la paz como hija de la justicia; devolverle al lenguaje el sentido de la conciencia que la falsa conciencia quiere imponerle. En suma, se trata que el arte y la literatura retornen a sus orígenes que quiere decir a su esencia en su condición de hechos humanos y, como tal, reconocer que la vida y el acontecimiento se encuentran estrechamente unidos, junto a los principios de la intersubjetividad de toda forma de alocución.
Lo expuesto nos plantea, pues, elaborar una racionalidad en torno a la utopía; es decir, volver a pensar en la utopía y construir creativamente todo un plan de acción sobre el sentido histórico de la espiritualidad que busca liberarse de la falsa conciencia. Para ello, es indispensable trabajar sobre un corpus constituido por el pensamiento humanista en los últimos dos mil años, y comunicar con pasión todo aquello que devuelva al ser humano el sentido de la ilusión, en la perspectiva de encontrar relaciones humanas afincadas en la solidaridad, la justicia, la fraternidad, igualdad, etc.
César Vallejo, el máximo poeta peruano, nos dejó el presente mensaje:
Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?

Otro ha entrado a mi pecho con un palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?

Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después, del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?

Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?

Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?

Alguien va en un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar a la Academia?

Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con que valor hablar del más allá?

Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no – yo sin dar un grito

lunes, febrero 26, 2007

Poesía peruana: La generación del 70. Habla Ricardo Falla Barreda

Ricardo Falla Barreda, poeta y profesor de la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, es autor del más completo y documentado estudio sobre el pronunciamiento generacional de los poetas del setenta bajo el título Fondo de Fuego: la generación del 70 (Lima, 1990). En este libro, Falla - autor de muchas otras obras sobre el proceso literario del Perú- presenta a los protagonistas, su proceso formativo, la obra poética que los distinguió, la ideología que los vinculó, la nataturaleza temática, los perfiles del lenguaje poético, la recepción, etc. Así, se aprecia en el apartado "los poetas de la Villrreal", que en 1965 surgió el movimiento literario Gleba (inspirado en un poema de Vallejo) conformado por Jorge Ovidio Vega, Carlos Bravo, Jorge Pimentel, Manuel Morales, Ricardo Falla, Abdón Cabanillas y Eduardo Ibarra. Este grupo, no ostante la hostilidad del medio desarrolló su actividad literaria a través de una revista y recitales poéticos. Por ello, asistieron como invitados Marco Martos, Oscar Málaga, José Rosas Ribeyro, Carlos Germán Belli, Oswaldo Reynoso, entre otros. En 1966 se publicó el segundo número de la revista, y un año después por desaveniencias el grupo se disolvió. En forma paralela a la actividad de este grupo, surgió un pequeño grupo de poetas constituído por Jorge Nájar, Enrique Solano, Antonio Claros, quienes se denominaron Grupo Cínico y publicaron sus poemas en una vitrina. Hacia 1967 apareció la revista Antara, en cuyas páginas aparecen los poemas de Juan Ramírez Ruiz, José Carlos Rodríguez. En 1968, se hace presente la revista Páramo que se dedicó a difundir la obra de nuevos poetas como Sonia Luz Carrillo, Nora Fatacciolli, César Hildebrandt, Juan Paredes Castro, Walter Chávez, más poemas de Ricardo Falla, Jorge Ovidio Vega y Manuel Morales.
Por la situación agresiva de parte del grupo dominante en la universidad (el aprismo), un grupo de poetas fundo la revista Nueva Humanidad (1968 - 1969) bajo la dirección de Ricardo Falla, generándose un proceso de integración generacional. Este episodio fue comentado periodisticamente por Manuel Jesús Orbegozo, Winston Orrillo, Alfonso La Torre, Ismael Pinto. Así, se aprecian los trabajos de Jorge Pimentel, Juan Ramírez Ruiz, José Carlos Rodríguez, Jorge Nájar, Ricardo Falla, Sonia Luz Carrillo, Cyntia Pimentel, César Hildebrandt. Esta experiencia fue posible gracias al apoyo de Juan José Vega, Rector de la Universidad Nacional de Educación / La Cantuta, más la del poeta Manuel Velásquez Rojas, jefe de la unidad editora de la referida universidad.
A fines de 1970, cuando casi todos los poetas abandonaron la Villarreal por la agresiva hostiliad del aprismo, surgió en el ambiente extrauniversitario - fuera de la Universidad Villarreal - el movimiento Hora Zero, conformado por Juan Ramírez Ruiz (autor del Manifiesto), Jorge Pimentel, José Carlos Rodríguez, Mario Luna, Jorge Nájar, Julio Polar. Algún tiempo después, este movimento se fracturó. Un grupo respaldó a Ramírez Ruiz, quien expulsó del movimiento a Jorge Pimentel acusándolo de "personalista" y de "poner la revista al servicio de su promoción personal", y otro grupo minoritario siguió a Pimentel, quien con trancurrir del tiempo se quedó con el logotipo de la revista.

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domingo, diciembre 24, 2006

“Escucha Ulises mis palabras…”. Acercamiento a Interludios de Ricardo Falla Barreda

Guissela Gonzales Fernández


“Tengo los ojos fijos en el tiempo”

Siempre que se ha hablado de la generación del 70 se ha señalado la variedad de manifestaciones poéticas que en ella se encuentran, no solo publicaciones de manifiestos y programas colectivos, sino también la aparición de diversos grupos como “Estación Reunida”, “Hora Zero”, “Gleba”, “Nueva Humanidad”, entre otros.
Influencias heterogéneas, de lo más variadas, se encuentran en esta generación; desde la poesía contemporánea en lengua inglesa que ya había tenido repercusiones entre los poetas del 60, los poetas beatniks norteamericanos, la obra del nicaragüense Ernesto Cardenal, hasta la poesía de Arguedas y, sin duda, Vallejo. Todas ellas dieron origen a una multiplicidad de tendencias, se lograron asimilar los aportes de poetas ingleses y norteamericanos y en una óptica más bien popular, se mostró gran interés por el lenguaje coloquial. De modo que la diversidad de propuestas se plasmó en lenguajes poéticos muy variados entre sí.

Es este también el momento en que la poesía escrita por mujeres comienza a tener un desarrollo inusitado, y es que las poetas que aparecen realizan con su obra un viraje en relación a lo planteado por generaciones anteriores, viraje inesperado pero feliz, en lo que a lenguaje y temática se refiere. En la poesía de María Emilia Cornejo, Carmen Ollé, Rosina Valcárcel, Sonia Luz Carrillo, Luz María Sarria, etc., encontramos el testimonio de mujeres desgarradas entre las normas convencionales que la sociedad les tiene señaladas y la tentación del desacato, de la insumisión; en ellas es visible el espíritu contestatario, cuestionador de normas opresivas y sistemas patriarcales.

Ricardo Falla Barreda pertenece a esta generación, a la llamada Generación del 70, en cuyos veneros irritados e iconoclastas han bebido muchas promociones de poetas en nuestro país. Sus primeros libros: Pequeña historia de conciencia (Lima, 1971), Contra viento y marea (Lima,1973) y Mi capital (Lima, 1979), revelan mucho del ambiente que se vivió con fervor en aquellos años. Falla fue, conviene recordarlo, uno de los fundadores de Gleba Literaria cuyo espíritu iconoclasta según apunta Jesús Cabel[1] “llegó a los límites del movimiento Hora Zero”. Siguiendo a este estudioso podemos decir que de todos los poetas que integraron este grupo, aunque tiempo después renunciaría a él, fue Falla quien logró elaborar una obra más consistente y sólida en la que la temática social se une a un cuidadoso trabajo estético:
“Nuestro dolor es más veloz que nuestros pasos/ nuestros hijos tiritan de ignorancia y de frío/ a 200 millas cercanas/ algunas nucas conservan la paciencia/ de su dorado lecho/ (…) No es tiempo de hablar/ muchas palabraas/ hay que decir lo necesario/ y / pensar lo que vamos a decir mañana/ Los hombres tenemos que construir la alegría/ y es por eso que pienso tanto en el camino/ ese que a diario pisamos a simiente/ para dirigirnos a nuestro destino/ a cuyas riberas bosques/ de ojos/ nos atisban(…)” [2].

Después vino otro libro, el último que Falla publicó antes de Interludios: “Poesía abierta” (Lima, 1982). Tuvieron que pasar más de 20 años para que el poeta decidiera publicar un nuevo libro. Y lo que tenemos ahora es una poesía madura, más trabajada, en la que inevitablemente, producto del tiempo y la reflexión, se han producido una serie de innovaciones.

Interludios, está dividido en dos apartados, el primero se titula “Como en una gavilla” y, tal como su nombre lo indica, se trata de un conjunto de poemas, algunos de ellos, los primeros, dedicados a figuras como Amarilis, Ulises, el Señor de Sipán, John Lennon, el Quijote, etc., una suerte de homenajes en los que el locutor intenta establecer un diálogo con ellos. Los poemas que siguen, todavía dentro de esta primera parte, abordan más bien con cierto detenimiento una temática intimista vinculada a la reflexión sobre lo cotidiano y el oficio del escritor pero, finalmente, la temática se extiende, ya no son estos personajes, ya no es el poeta mismo, finalmente es el hombre, la condición humana. En esta primera parte somos testigos de todo un desarrollo que va de lo individual a lo genérico, a lo humano. En la segunda parte titulada “A un verso que llega” encontramos una exploración un tanto detenida del tema amoroso. Debemos señalar, sin embargo, que los poemas de ambos apartados giran en torno a un gran tema que es el que le da unidad al libro: la reflexión sobre el lenguaje y sus límites, los vínculos que este tiene con el amor, el silencio y el tiempo.


“¡Oh palabra que sacias los significados del pensar!”

Desde el primer poema que lleva el título “Ante los ojos de Joseph K.” se plantea el tema que articula toda la obra. Dirigiéndose al amigo el locutor dice:”Dejo de leerte/ sabiendo que has muerto” es decir la existencia humana y la vida misma son vistas y asumidas a partir de los signos, “habla conmigo” le dice “pero no entre pedazos de lágrimas/ sino desde una invención/ que consienta lo que es el espíritu/ de las letras en su espacio vivo” y es que es solo a través de las palabras que las cosas y el pensamiento se hacen tangibles, y continúa “¡Oh palabra que sacias los significados del pensar!/ Dime/ ¿Dónde está Joseph K?/ Te pregunto mientras tiendo palabras/ sobre el puente de letras/ ¿Lo sabes?/ Dime/ ¿Lo sabes?”. Hay una demanda angustiada de certezas y el locutor busca la respuesta en las palabras. Sin embargo, la única respuesta es el silencio: “Silencio silencio silencio/ Es tarde/ la noche avanza para volver/ solo queda la pregunta/ Joseph K/ espero/ espero/ tu cuerpo inexistente/ hasta que llegue el día”. Algo similar ocurre en el poema dedicado a Ulises, hacia el final el yo poético dice: “No doy más/ Ulises/ renuncio a conversar contigo/ Me has engañado/ el silencio aparece escrito en letras sin idioma”. No hay respuesta, no hay respuestas posibles. Frente a la magnitud de algunos acontecimientos, parece decir el poeta, solo queda el silencio.

En “Epístola a Amarilis” la escritura cumple diversas funciones: es, por un lado, la única manera de luchar contra el tiempo: “Te escribo Amarilis porque la oscuridad y el olvido/ impiden que el agua dulce moje los colores/ que te hacen para siempre de día/ sonido de tiempo/ sílaba/ flor de ti”. Por otro lado, es el único medio de llegar a la poeta, de establecer con ella un diálogo: “Te escribo porque una voz que me viene de lejos/ me hace ver los bordes penumbrosos del silencio/ como el aire helado capaz de congelar los/ sentimientos/ de hablar con alguien/ Te escribo porque es imposible desnudar la poesía/ sin que las sutilezas de cada momento/ me abrumen de preguntas/ por la silva a la altura de tu ser”. Y es que Amarilis no puede ser imaginada lejos de la poesía, desvinculada de la escritura, Amarilis es la escritura en esencia, el poema mismo: “Y te veo Amarilis/ porque eres una surtidora de poemas/ porque eres una surtidora/ porque eres un poema (…)”.

Mientras que en el poema dedicado al señor de Sipán, “Variaciones ante el mundo de bronce”, es más bien el silencio el que permite una comunicación plena y una reactualización del pasado: “Todo es silencio/ silba el viento entre recuerdos y razones/Los fantasmas sin nombre aparecen/ en lo confuso que se mueve/ canta el fuego de un incendio/ y de sus llamas surgen/ los jefes que pueblan las páginas de este mundo/ extinto/ sin embargo vuelven a esta hora a mi memoria/ como almas despertándose/ de un pasado que se cumplió/ y de tanto haberse realizado/ me imprecan por el futuro que soy/ Todo es silencio”. No obstante el poeta busca la palabra en un intento por expresar la magnitud del encuentro entre su presente y la magnificencia del pasado que avizora: “(…) estos ojos que conocen el cotidiano tiempo/ se ahogan silenciosamente tras los párpados/ al mirar las paredes de Sipán/ Y el pensamiento salta en pos de la palabra/ que revele el destino del tiempo en esta tierra perdida/ ¿Oh desgracia! ¿Oh luz sin alma! ¿Oh terrible instante del vacío! Me digo al contemplar la gran distancia/ que hay entre la imaginación y lo que siento”.

Más adelante, después de esta primera serie de poemas, cuando el locutor comienza a entrar en su universo personal, hallaremos, como en “Exposición emotiva”, reflexiones más hondas y desgarradas sobre el acto de la creación el poema podría entenderse incluso como una suerte de arte poética. Se inicia con una afirmación: “El verso/ se encuentra en el pulso y exigencia de la calle”. Lo que se señala es el peso que la realidad tiene o debe tener en el momento de la creación. Pero si al comienzo se señala la importancia que debe tener la realidad, rápidamente se toma conciencia de la insuficiencia de la palabra para explicarla: “Y verso/ y verso/ en medio de la calle/ contemplando el invisible paso del llanto/ de un hombre con la cara al suelo/que al mirar su sombra/ descubre la lengua de los que viven por gusto/ Y verso/ y verso/ con la palabra en la boca/ frente a un cartel de ortografía dudosa/ y me falta ánimo/ frente a los que cavan el aire/ y me falta verso/ y me falta llanto” y es que aunque el poeta tiene la misma conciencia y el mismo apasionamiento que cuando joven, las palabras no logran expresar todo lo que puede percibir: “así/ entre desgarrones y fluir de evidencias/ las manos tan solo avanzan/ por el camino que traza cada letra/ porque yo sé/ y todos deberíamos saberlo/ que el poema graba sus láminas/ hacia adentro”.


“Y escribo para dibujarte con mis ojos”

En la poesía amorosa escrita por Falla antes de Interludios se percibe la fascinación del yo poético por el conocimiento de la amada, la expectativa y el deseo, la posibilidad de formar parte de ella, de su mundo: “Si pudiera ingresar al sendero de tu voz/ si pudiera ingresar a tus ojos/sin edad/ conservando la estación de los árboles” [3] le dice a la amada, pero también está presente la necesidad de hacerla parte de su propio universo: “ Mira mis ojos quemados por el polvo/ atísbalos/ en las noches/ ahora que los días/ nos descubren soledades” [4].

En Interludios la amada y el sentimiento amoroso son vistos desde otra óptica, ya no hay expectativa por aquello que se va a conocer sino certezas, la certeza de saberse amado, la certeza de saber que se ha compartido, la certeza de saber que el otro está ahí. Pero además y como señalamos líneas arriba, el amor está también vinculado a la poesía: “Sí amor/ estás ahí/ en el poema aunque no esté a tu lado/ en los modos del tiempo/ en la palabra/ y en lo que queda de mi palabra…” Por otro lado, es la creación, lo que le da sustento a todo, incluso al amor, en determinado momento el yo poético dice: “No digas nada/ es hora de volar/ como una hoja en blanco/ Espérame/ Enciéndete/ Hoy la poesía nos consume” no es el amor, no dice “el amor nos consume” sino “la poesía nos consume”, poesía y amor parecen entonces constituir una misma esencia
.
Es pues a partir de la poesía que se explica y tiene sentido nuestra existencia,.lo único que puede salvarla, como dice el poeta en “Ante el amanecer de un día cualquiera”: “con el sonido/ de un nuevo poema/ cambio de rumbo/ en busca/ del mundo donde no hay sufrimientos/sino la aventura de los ojos/ ante el azul del cuadro/ pintado por el fuego de la luz”.

[1] Cabel, Jesús. Fiesta prohibida. Apuntes para una interpretación de la poesía peruana 60/80.Lima, Sagsa, 1986. p 103.
[2] Falla Ricardo. Contra viento y marea. Lima, ediciones Poesía, 1973.Pp. 50-52.
[3] Véase “Para ser cantado a una voz” en: Falla Ricardo. Poesía abierta. Lima, Ediciones Quilca, 1982. pp. 43-45.

[4] Véase “En torno al amor”. Ibid. Pp. 41-42.

MELODÍAS PARA REFLEXIONAR. INTERLUDIOS DE RICARDO FALLAL BARREDA

Dr. Manuel Velásquez Rojas[i].

El libro Interludios de Ricardo Falla Barreda es un poemario de espacios culturales. En el pasado tiempo, los eres humanos escogían, de los numeros santos que moran en el cielo, algunos para venerarlos en su capilla particular. Hogaño, dicha religiosa costumbre, ha sido reemplazada por otra laica y terrenal. Me explico: algunos poetas, es el caso de nuestro amigo Ricardo Falla, necesitan dar a conocer las individualidades creadoras que admiran, y que, por la recurrencia en la vida de los poetas, realmente, han pasado a la categoría de amigos. Cuando este hecho singular, creo yo, que se expresa el sentimiento de iconofilia, valga este neologismo inventado por mí, para significar que nuestro iconos son camaradas inseparables de nuestra existencia. Los iconos que llenan los espacios culturales de los poemas de Ricardo Falla, pertenecen a la historia, la literatura, la música y a la ficción. Ahora, permitidme una breve digresión o un flash back existencial. Ricardo Falla en sus orígenes literarios, era parte de un grupo de poetas que caracterizaron su poética con una temática realista, popular y urbana (la ciudad de Lima creció con sus versos), y establecieron, además, las formas coloquiales, y los versos de largo aliento. Es cierto que estas características los hicieron distintos, y ahora ya no distantes de la generación que los precedió, la de los años 50. Este grupo poetas, nuevo y novedoso, nació con el nombre de Gleba, quizá haciendo honor a un poema, con el mismo título, de César Vallejo; la historia del grupo continúa, más tarde se proclamaron Nueva Humanidad y, finalmente, con ausencias calladas y opositores activos, se llegó a Hora Zero, este último calificativo con mayor ruido mediático. A este conjunto de poetas, unidos por el tiempo pero distintos en sus creaciones individuales, se les llama la Generación del 70. Ricardo Falla es un de los ganfaloneros de esta generación, por su vocación y condiciones de liderazgo poético, que más tarde se rearfirmará con la publicación de su primer poemario titulado Pequeña historia de conciencia (Lima, 1971), luego vino su polémico Contra viento y marea (Lima, 1973), y los poemarios de madurez Mi Capital, con prólogo consagratorio del poeta Alejandro Romualdo 1979, y Poesía abierta, editada en 1982.
De un primer registro de manifestaciones formales, podemos afirmar: de los postulados de la poética de la Generación del 70, Ricardo Falla conserva el coloquialismo, pero ahora no es la conversación que una tradicional calle de Lima se puede escuchar. No. Ahora es un diálogo con los iconos preferidos por Ricardo Falla. Coloquio que recrea un espacio cultural para el icono y su trascendencia. Se conoce que todo poema ofrece un hablante lírico que es el que modula los versos, es decir es un yo especial solo existente en el poema. Cuando se trata de un poema conversacional, el yo especial pregunta, acepta respuestas y reflexiona sobre los temas planteados. Es un yo y a la vez un tu. Estimo que estas consideraciones iniciales posibilitan y son las necesarias para una aproximación de crítica literaria a los poemas de este libro sustancioso y sustantivo. Exploremos algunos poemas cuyos espacios están ocupados por personas culturales.
El poema Epístola a Amarilis con un fraseo hermoso y a la vez inquisitivo, nos da a conocer las inquietudes de un yo poético que admira a la poetisa del siglo XVII, que se le recuerda, precisamente, por su Epístola a Belardo, que, como todos saben, fue dirigida a Lope de Vega, y en la que esta monja de clausura le declara su amor platónico y le pide que eleve sus versos en elogio de Santa Dorotea. Esta poetisa ha concitado interrogaciones a todos los estudiosos de la literatura peruana que, han pretendido, en hipótesis aventuradas, determinar su nombre, linaje y trayectoria vital. Ricardo Falla en verso sutil y preciso la llama “poetisa de la incógnita”, y luego de platicar largamente con ella, le reclama que devele sus misterios, y le dice así: “Pero tu como idilio eterno/ danos el lugar exacto por donde asciende el aire/ en esta imagen/ en esta tierra/ en el tiempo esculpido por la luz/ y así sabremos como eras/ y como fuiste en la tierra y en la frente”.
Un tema recurrente, en el periplo poético de Ricardo Falla, es reclamar la justicia entre la sociedad humana. Noble empreño que valoramos más, cuando más injusta es la sociedad en que vivimos. Por eso su poema En el espacio Quijotal – para mi sentir – es uno de los poemas más logrados estéticamente, porque ha unido en armonía feliz su inquietud de identidad individual, su admiración por el Quijote (como personaje eterno de la literatura), y su demanda a seguir sus enseñanzas de justicia, y en pos de un ideal de fraternidad humana. Cervantes logró decirnos que la justicia es la razón de un loco, que vive como héroe para sí, aunque desdeñado y befado por los que siempre defienden la razón de las injusticias. El poeta Ricardo Falla, nos habla a sus lectores, con versos que revelan un compromiso hermoso: “No olvides que los cuerpos son sueños/ no son vida/ y el mirar con violencia al mundo/ desintegra la realidad del amor”.
Pero el registro del yo poético, de Ricardo Falla, es amplio como lo apreciamos en los significativos poemas Ante los ojos de Joseph K, Bajo el viento de Ulises, Variaciones ante el mundo de bronce, que esta dedicado al Señor de Sipán, en un vínculo que, a través del canto de admiración, se va revelando la identidad del ser peruano en todos los tiempos. Ofrece, el poeta Falla, además otros poemas como A Carmen de Bizet, Secreto a voces, y el aleccionador Escrito para la memoria de un joven poeta. Me detengo para expresar, mi deleite personal con la elegía La hora de John. Recorrer el siglo XX es descubrir que fue un siglo extraordinario, y que su música popular revolucionó los conceptos y la praxis de escuchar música, de sentir la música. Bastaría citar algunos de sus exponentes para justificar mi aseveración. Nombres como los de Carlos Gardel, Celia Cruz, Los Panchos, Juan Manuel Serrat, Teresa Parra, Lucha Reyes, y, por cierto, Los Beatles, hicieron más hermosa y libre la vida del siglo XX. Y el poema de Ricardo Falla, presenta al personaje de John Lennon que nació en 1940, en Liverpool. Su vida fue un ejemplo de creación musical, y sus opiniones militantes defendiendo la paz provocaron aplausos en los hombres de buena voluntad, y rechazos fanáticos de los belicistas. Un violentista, amante de la muerte y de la guerra, le quito la vida a John Lennon, en Nueva Cork, el 8 de diciembre de 1980. Y el poeta, en el libro que esta noche celebramos, nos dice: “Una vez John en sus invenciones de piano/ hizo del placer tendido las tenciones del corazón/ los registros de la resurgencia/ el centro de las perplejidades/ la creación de lo irreal/ la música capaz de encender momentos/ y escribió y entonoó/ y entonó y escribió/ lo que los sentimientos de cada hombre/ desean cuando ven con tristeza los momentos de la tierra/ en un tiempo de venganza/ y aspiración de muerte”.
El poeta francés Arthur Rimbaud, en un verso célebre afirmó: “Yo soy otro”. César Vallejo, en un poema nos dice: “A lo mejor, soy otro” y, creo, que la lista de los poetas que padecen este desdoblamiento es numerosa. Señalo una idea para comprender este fenómeno de la poesía occidental. La vida nos obliga a ser un individuo atenazado por el poder político, religioso o económico, lo que obliga a resguardar parte de nuestro ser (“otro yo”) para que no muera contaminado. El yo poético, de Ricardo Falla, nos entrega el poema Centinela, en esta pista poética de ser dos en uno. Él dice: “Mi casa tiene un centinela/ sé quien es/ pero no se de donde vino/ ni porque me cuida de los ruidos del mundo/ (…)Él como nadie sabe/ que la realidad da vueltas/ y vueltas y cambia/ sabiendoque hay una cosa que no cambia/ cuidarme la vida/ y no dejar pasar la muerte”.
Un bloque integrado por algunos textos muy valiosos presenta como tema fundamental: el amor y el hogar. Así Caminar a tu lado, A un verso que llega, Entre el cantar y la sombra, Para una melodía en flor de luz, y Sueño por los silvestres dibujos de tu cuerpo. El yo poético, posee ya la madurez de la vida y su forma de sentir y hablar del amor es hermosa, pasional, y a la vez simbólica, con descubrimientos, y resplandores humanos y estéticos. Este sentimiento está a la vez acompañado de la voz poética que une a la pareja. Cada amor es único, un milagro distinto para cada ser. Es uno de los dones de la vida, porque une en intimidad ilimitada y protege la supervivencia de la especie. Digo y afirmo, finalmente, que con la lectura de tus poemas, Ricardo Falla, he crecido como ser humano: me he acercado a los paradigmas culturales y con nuevas visiones los vuelvo a colocar en sus altares. He reflexionado sobre temas de la esencia de la poesía y del destino del ser humano. Y he contemplado una visión de amor ejemplar y bella: por todas estas cualidades de tu libro, te felicito Ricardo Falla, y te reitero, hermano en la poesía, hermano en las lides universitarias, hermano en la búsqueda y anhelo de un mundo mejor, gracias por tu libro y tu amistad.





[i] Manuel Velásquez Rojas: Dr. en Literatura, profesor universitario, poeta de la Generación del 50. Ejerce la docencia universitaria en el Post Grado de la Universidad Nacional de Educación, La Cantuta, y en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Es autor de estudios sobre César Vallejo, J. M. Arguedas, entre otros, así como de varios libros de poemas.

“CENTINELA”, UN POEMA DE INTERLUDIOS

por Jorge Nájar

El verso marcado por el ritmo de la respiración, el verso como traducción de un estado de ánimo, como placa fotográfica en la que se inscribe el ritmo del corazón o las agitaciones del mundo dentro del cerebro, así es en su forma el poema “Centinela”, extraído de Interludio, el más reciente poemario de Ricardo Falla. Tras una primera lectura ese encefalograma se presenta como el fruto de una doble mirada: la de un niño vecino de la casa de enfrente al descubrir las cavilaciones del hombre mayor que abre la ventana de su propio domicilio; y la del hombre que al verse descubierto hablando con el ser que lo habita, llega a la revelación de una transparente verdad. Vamos a intentar describirla aun a riesgo de destejer las mallas en las que se establece. Comencemos por decir que si este poema se limitara sólo a presentar la doble imagen inicial estaríamos ante un retrato más de la vida de todos los días de cualquier hombre devanándose los sesos ante su propio destino. ¿Quién no abre su ventada cada mañana y descubre en el otro lado de la calle al vecino que también hace lo mismo y con el cual, sin conocernos, sin palabras, intercambiamos miradas y en ciertos casos hasta juicios que silenciamos? ¿Quién no se ha descubierto por lo menos una vez en la vida cavilando? Pero este poema no se queda en eso; trasciende lo individual y rutinario gracias a su concentración en la observación de los actos de la epopeya del hombre contemporáneo. El hablante, la voz que nos acerca al centinela, se presenta así: “Armado de hondas/ palabras/ para subir y bajar / por la realidad / que late en el corazón / abro la ventana / y un niño me mira… ” ¿Cuál es cuerpo, la materia de la realidad en este poema? Se observará que no sólo es la cosa tangible “la ventana”, “el niño” sino, y por sobre todo, lo que “late en el corazón”, las “hondas palabras” gracias a las que sube y baja hacia la realidad. Y en ese corazón, en esa realidad, laten cosas misteriosas, brilla un ángel como su propia sombra dirían los amantes de historias bíblicas, relucen las luces de las amistades que nos alumbran en la oscuridad, se enciende el semáforo en los cruces de los caminos en busca de la felicidad, incluso brotan las urgencias de alarma, el timbre de la voz oculta que nos asombra o nos previene. Y esa voz, justamente, después de establecer la relación entre razón y pensamiento, entre acción y creación, entre hablar y parlotear, nos conduce al siguiente enunciado: “el nunca creador / se hace patente / en la angustia que me anima”. ¿Quién es “el nunca creador”? Supongamos que, en un acto de autocrítica, el hablante califique así al hombre que ha abierto la ventana. Supongamos que se trate del mismo individuo a quien el niño vecino ha descubierto hablando consigo mismo. Y aceptando que nuestras suposiciones sean acertadas, convendremos que el así llamado “nunca creador” es el hombre de todos los días, cualquiera de nosotros en cualquier momento de nuestra existencia. Ese mismo individuo hace descubrir a sus lectores que se trata de alguien que escribe “dolientes y dispersos poemas”, y que dentro del poema, es decir dentro del espacio de existencia que genera el poema, “se hace visible el centinela”. Si por inadvertencia hubiéramos podido pensar inicialmente que el centinela es el niño que desde el otro edificio, desde la acera de enfrente, o simplemente desde la casa vecina observa al hombre que cavila y abre la ventana de su domicilio, ahora queda claro que el centinela no está apostado en un puesto exterior, fuera o lejos de casa, Está dentro de ella. El centinela, podemos decirnos corriendo el riesgo de equivocarnos, está incluso dentro de este individuo que escribe y califica a sus poemas de “dolientes y dispersos”. O, para evitar desilusiones, mejor convengamos que si el centinela en cuestión no está dentro, en ese instante, en el instante que el poema recrea, ha venido a colocarse muy cerca del que escribe.
Poesía interiorista, se podría pensar, en contraste con esa otra gran tendencia poética que es el exteriorismo, es decir el ojo del poeta que describe el mundo que lo rodea, los desajustes entre su yo individual y la sociedad en la que bulle. Y puestos a escoger entre una y otra, poesía interiorista podría decir alguien en la precipitación del juicio. Pero no nos adelantemos. Llegado a este momento de la lectura, el lector tiene la impresión de que ese vigía está emparentado con ese núcleo de energía pensante que algunos denominan alma y que, inicialmente, vamos a denominarlo simplemente conciencia. Así tenemos que el hablante está en razonamiento con su conciencia cuando el ojo del niño de enfrente lo descubre. La conciencia, lo sabemos todos, no sólo se nutre de interiores, de entrañas, de cosas del cuerpo; la conciencia adquiere su verdadera dimensión en la relación del individuo con los otros, con el tiempo, con su entorno, la sociedad, la naturaleza, la historia, las ilusiones del género humano. Ese centinela, por fin visible, “mira sin límites el ímpetu de la esperanza” y le otorga al hablante, al autor de “dispersos poemas”, la convicción de estar “vivo”, “patente” y “callado”. Vivo, claro, pero ¿en dónde? Patente y callado, ¿ante qué y por que? Ya se ha visto, el centinela está en casa. Y tal vez gracias a la vigilancia, al celo del centinela, el que escribe está vivo. El centinela y él mismo vigilan el tesoro. ¿Cuál es tesoro?
Inicialmente podríamos concebir que el tesoro son las “hondas palabras” con las que va tejiendo el universo de ese instante. Pero no es así pues de entrada las ha presentado como simples herramientas. “Estoy parado junto al centinela / hablando de lo que late en mi corazón”, nos dice la voz del centro emisor de una luz suficientemente densa como para alumbrar los espacios sombríos, los espacios muchas veces olvidados que cada quien lleva consigo en el día a día. Esa luz, en este caso, alumbra el pensamiento de quien está hablando de lo que late en su corazón al tiempo que piensa en sus amigos, en la felicidad, en la esperanza, en el suspenso de cada día, hasta que el centinela le hace una seña no por el “soliloquio advertido por el inquieto dedo de un niño / sino por las frecuentes paradojas de mi(nuestras) vida(s)”. Es destino del centinela “cuidar(nos) de los habitantes del polvo” … “Él como nadie sabe / que la realidad da vueltas / y vueltas y cambia / sabiendo que hay una cosas que no cambia / cuidar(nos) la vida”. Hermosa y densa operación verbal que sin hacer aspavientos ideológicos ni piruetas retóricas, retrata al hombre contemporáneo justo en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, instantes poco frecuentes durante los que ciertos individuos sienten una forma de iluminación que los vuelve transparentes y se materializan en poemas; y el instante del Centinela es uno de ellos. Poesía cercana de la filosofía, vecina del hedonismo y de un pensamiento antiguo preocupado por encontrarle significado a nuestra existencia.
Me ha ocurrido que sólo después de leerlo y releerlo me he detenido a pensar en su autor, tal como hacemos al evocar algún poema clásico aprendido hace ya tiempo. ¿Conozco a este poeta?, me interrogo. Y no sé qué decir. Tal vez ya no. Lo conocía antes, en la primera juventud, cuando él escribía cargando las tintas de la ideología y me gustaba menos. Ahora me ha sorprendido tras tantos años de silencio, más de veinte que Ricardo no publicaba, y se me ocurre la pretensión de pintarlo no relatando su recorrido por la existencia, saco corbata y gafas, diplomas, medallas y laureles, sino en un diálogo intenso e invisible con su conciencia centinela, con su propio ángel, atento y considerado ante los detalles de la esquiva felicidad, su verdadero tesoro, no su posesión mas si su consideración, junto a la ventana de una casa en cualquier ciudad de nuestro mundo caótico, prototipo del hombre contemporáneo en el fragor de la epopeya de todos los días.

viernes, setiembre 01, 2006

Mi Capital: CERVANTES, EL QUIJOTE, Y EL PER�

Mi Capital: CERVANTES, EL QUIJOTE, Y EL PER�